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Las mujeres no se rinden: ecofeminismo y desarrollo en América Latina

_omissis_ on 13/08/2015 - 10:12 in Ambiente, MondoD

El ecofeminismo está en todas partes en América Latina. Seamos capaces de reconocerlo o no, existe una estrecha relación entre los problemas ambientales y las asimetrías de género.

por Lucía Delbene-Lezama*

El ecofeminismo está en todas partes en América Latina. Seamos capaces de reconocerlo o no, existe una estrecha relación entre los problemas ambientales y las asimetrías de género.

Si utilizamos una definición amplia, los ecofeminismos son un conjunto de miradas, reflexiones y prácticas que abordan la dominación que opera simultáneamente sobre mujeres y la Naturaleza. La relevancia de esa mirada ya es evidente desde las comunidades locales.

En efecto, se ha visto que en algunos sitios las mujeres reaccionan de manera distinta que los hombres cuando los ambientes donde viven se ven contaminados o amenazados. Una lideresa indígena, en Bolivia, pocos meses atrás señalaba que las mujeres son las que “sienten que la contaminación nos entra por todos lados, sobre todo cuando estamos gestando.” O sea, que sienten y perciben a esos contaminantes invadiendo sus propios cuerpos. En cambio, agregaba la lideresa boliviana, los “hombres llegan sucios de la mina y se bañan y ya está”. Nosotras sabemos que la contaminación no se limpia con un baño, ésta se mete y se integra a nuestro cuerpo, a las moléculas que sintetizamos, a las nuevas vidas que generamos.

Estos tipos de testimonios son impactantes. En ellos están por un lado, ideas de conexión, entendiendo que el ambiente nos afecta y nosotros afectamos al ambiente. No somos entes independientes e intocables separados del resto del mundo, separados por nuestra piel, como si ella fuese una muralla. Por otro lado, en esas posiciones queda claro que las mujeres somos receptoras y dadoras de vida. Nuestro cuerpo genera conexiones y espacios para albergar y nutrir a nuevas vidas. Este tipo de vínculos provoca una conciencia de conectividad que es bidireccional y que genera un sentir de responsabilidad. Responsabilidad por lo que comemos y bebemos, por el ambiente en el que vivimos, por nuestro cuerpo, y por muchos otros factores que directa o indirectamente nos afectan como dadoras de vida. Finalmente, también debe reconocerse un sentido de vulnerabilidad, al aceptarse que no se tiene un control completo. Todo esto hace diferencias sustanciales con la impostura patriarcal, que la concibe como una debilidad negativa.

Los ecofeminismos abordan este tipo de cuestiones. Algunas corrientes sostienen que las sociedades actuales, en su gran mayoría, se insertan en estructuras patriarcales, jerárquicas, bajo relaciones de dominación que afectan tanto a las mujeres como a la Naturaleza. Así como se domina a las mujeres, también hay una imposición sobre la Naturaleza. Es más, se desvaloriza y suprime todo aquello que es concebido como femenino o con características femeninas. Otras ecofeministas, en cambio, le dan más trascendencia a la construcción occidental de una cultura basada en dualismos. Es decir, pares de conceptos que son considerados histórica y culturalmente como opuestos (más que complementarios) y exclusivos (más que inclusivos) y que además están jerarquizados, donde uno es mejor o superior al otro. Ejemplos clásicos serían los dualismos sociedad/Naturaleza, hombre/mujer o razón/emoción.

En otras palabras, todo lo que histórica o culturalmente se asocie con la Naturaleza, el cuerpo, la emoción y la mujer es entendido cómo inferior, débil, vulnerable, más “animal”; mientras que, lo que se refiere a la mente, la razón y el varón, es conceptualizado como superior, objetivo y racional, incluso más humano. Es así que la opresión de las mujeres y la crisis ecológica son explicadas por muchas autoras ecofeministas como originadas de estas dicotomías sobre cuya base se generan los conceptos de “mujer” y de “Naturaleza”. Allí están ancladas las posturas utilitaristas que justifican desmembrar la Naturaleza, o la obsesión economicista con aprovechar el entorno para asegurar el crecimiento económico. Son posturas que por cierto no son exclusivas de varones, sino que en la actualidad también defienden muchas mujeres.

Cuando se entiende esto, queda en claro que aquel reconocimiento de la vulnerabilidad está muy lejos de ser una debilidad, sino que es una de las fortalezas más importantes desde una mirada de género, ya que deviene de una conciencia real de nuestra profunda interdependencia con la Naturaleza.

En esa línea, otro testimonio de una lideresa indígena aporta más precisiones: “la mujer comparte con la Madre Tierra el dar vida. La Madre Tierra es una gran familia de la que nos vemos como parte y donde todos cumplen una función. Había un equilibrio, pero ya no lo hay. Por eso es necesaria la mujer y que tomamos el rol que tomamos”. Ese tipo de perspectiva, concibiendo a la Naturaleza como parte de la propia familia, es común en muchos otros sitios. Allí está, a mi modo de ver, una de las razones por las cuales muchas veces son las mujeres las primeras en reaccionar, en colocarse en primera línea en la lucha contra emprendimientos depredadores. Es una postura que también, explica su fortaleza y consistencia en mantener las luchas en el tiempo y no ceder ante tentaciones económicas. Las mujeres no negocian. Resisten. Saben que la compensación económica no limpia ni sus cuerpos ni sus ambientes.

Es que esos y otros ejemplos muestran que las mujeres no están atrapadas en el utilitarismo frente a la Naturaleza. Tienen claro que una compensación, por ejemplo económica, no restituye los ambientes destruidos ni significa sanar la salud. No caen en las tentaciones de las prácticas usadas por empresas y gobiernos de usar alguna compensación para obtener el permiso de las comunidades para la extracción de recursos naturales de sus territorios. Afirman una y otra vez que el propio cuerpo, la familia, la comunidad o la Naturaleza, están todos profundamente conectados, y a ello no se le puede poner un precio.

Estas y otras posiciones se discuten en la revisión “Género, ecología y sustentabilidad”, con el ánimo de fortalecer la mirada propia y privilegiada de muchas mujeres sobre la Naturaleza, lo que nos convierte en jugadoras claves en procesos de cambio. Sin dudas que esta no es una tarea exclusiva para las mujeres, y es por ello importante que los varones nos acompañen, pero también es hora de reconocer las voces y liderazgos femeninos que, bajo valoraciones patriarcales, son sistemáticamente ignorados.

Los ecofeminismos no se encandilan con discursos desarrollistas, sean éstos propuestos por varones o mujeres, y brindan muchas opciones para pensar y analizar estas cuestiones. Son abordajes que van hacia las raíces de los problemas y que no actúan solamente sobre las consecuencias que éstos generan. Son posturas indispensables para un nuevo activismo que debe enfrentar una grave crisis social y ambiental.

*Alai

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